La Abadía de Westminster como símbolo de Inglaterra y la historia de la “Piedra del Destino”

La Abadía de Westminster como símbolo de Inglaterra y la historia de la “Piedra del Destino”

La Silla de la Coronación sobre la Piedra del Destino (Angelo Hornak/Corbis via Getty Images)

 

 

 

El escenario es muy especial para el nuevo rey Carlos III y guarda en sí mismo gran parte de la historia legendaria de esta nación.

Por infobae.com

Si no traen la piedra, Carlos III no va a poder ser coronado. Aquí, la tradición es ley. El flamante rey de Inglaterra fue proclamado, pero no coronado. Un rey sin corona, ya se sabe. Hay un plazo a cumplir, un duelo a respetar y un escenario que hoy es lúgubre y, cuando la coronación, será festivo. Si hoy los tambores doblan a muerte, mañana las trompetas cantarán a gloria: tal vez con la ayuda del bueno de Joseph Haydn y su fervor eterno.

El escenario es la Abadía de Westminster. El lunes a la mañana le darán su adiós a Isabel II, a sus setenta años de reinado y a una época que llevará acaso su nombre, jefes de Estado, emperadores, que todavía hay, reyes, reinas y princesas llegados de todo el mundo para la ceremonia final. Y cuando sea el momento, será en Westminster donde Carlos será coronado rey en una operación que mezcla protocolo, seguridad y misterio que ya tiene nombre: “Golden Orb”.

Westminster tiene mucha historia para Carlos III. Allí coronaron a su madre en 1953, en la que fue la primera ceremonia de la realeza británica televisada, sabia decisión de la reina flamante, impulsada por su esposo, con la que la monarquía se metió en las casas de los británicos. Isabel y el príncipe Felipe, los papás del flamante rey, se habían casado en Westminster en 1947, otro eslabón en la larga cadena que tejieron la Abadía y Buckingham.

La Silla de la Coronación en 1963 (Evening Standard/Hulton Archive/Getty Images)

 

Cuando era príncipe de Gales, Carlos casó con Diana Spencer en la Catedral de San Pablo, pero fue en Westminster donde celebraron los funerales de aquella princesa desdichada que llegó a confesar que en su matrimonio coexistían tres personas, en referencia a la relación de Carlos con la hoy reina consorte, Camilla Parker Bowles. Isabel II le hubiera dicho a aquella muchacha desconcertada, que también se las traía, que el dolor es el precio que pagamos por el amor. Quién sabe si no se lo dijo. Parece que Isabel II tenía una veta filosofal que acaso merecía mayor estudio. Fue en Westminster donde, en 2002, se celebraron los funerales de otra Isabel, la Reina Madre, esposa del rey Jorge VI, padre de Isabel II. Finalmente, el hijo de Carlos y su futuro heredero, William, que ya es Príncipe de Gales porque su papá le dejó el principado y los honores, casó en Westminster con Catalina Middleton.

El casamiento de Isabel II con Felipe (AP/Archivo)
La coronación de Isabel II (Credit Image: © Keystone Press Agency/Keystone USA via ZUMAPRESS.com)

 

La Abadía es un símbolo de Inglaterra, guarda en sí misma gran parte de la historia legendaria de esta nación, que no será sintetizada en estas líneas, pero que se remonta al año 596. En 1920 se dispuso que en la nave de la Abadía fuesen sepultados los restos del soldado desconocido, en homenaje a los británicos muertos en la Primera Guerra Mundial. Al lado de esa tumba, está la “Silla de la coronación”, en la que se sentaron todos los reyes a punto de ser coronados desde 1308. La mandó construir Eduardo I para albergar la “Piedra de Scone”, o “Piedra del Destino”, que se usaba en los rituales de coronación de los reyes de Escocia.

La Tumba del Soldado Desconocido (Yui Mok/Pool via REUTERS)

 

Si la piedra era de los escoceses y estaba en Westminster, alguien la había robado, o, para ser delicados, alguien la había trasladado a Londres. Fue el propio rey Eduardo I que, a fines del siglo XIII, se alzó con la piedra de la Abadía de Scone y la depositó en Westminster; mandó construir la Silla de la Coronación y dispuso que bajo su asiento se colocara aquella roca sacra para los escoceses, como una prueba irrefutable del dominio inglés y del sometimiento de Escocia. Así se hacían las cosas entonces.

La ceremonia tradicional indica que la Silla de la Coronación, con la piedra escocesa debajo de su asiento, se eleva frente al altar mayor de la Abadía. El arzobispo de Canterbury hace un llamado para que el soberano sea reconocido. Pura retórica, pero así se hacen las cosas. El soberano camina entonces hasta el trono, jura servir con fidelidad a la corona que le van a poner en la cabeza y a los reinos que la componen, y después, se sienta. Sí, sobre la escocesa Piedra del Destino. Es entonces cuando recibe, según la liturgia, los símbolos de su poder, el cetro, símbolo del poder religioso, el orbe, ese pequeño globo redondo que encarna el poder político y la corona, por fin, símbolo de lo regio. Todo el mundo grita Viva el Rey, suenan los tradicionales veintiún cañonazos de rigor disparados desde la Torre de Londres y a otra cosa: rey puesto.

Los funerales de Diana en Westminster (Princess Diana Archive/Hulton Archive/Getty Images)

 

Se supone que así será con Carlos III. Hace mucho, setenta años, que no se corona a un rey en Inglaterra.

Todo, simbología, pompa y circunstancia, estuvo a punto de perderse para siempre en 1950. Cuatro muchachones escoceses se colaron en Westminster, se alzaron con la Piedra del Destino. No fue fácil sacarla de debajo de la silla: la piedra se partió, porque es un poco arenisca también. Un pedazo de la roca se quedó en Kent, pero la otra parte, la otra mitad, acaso, fue llevada a Glasgow a pesar de los muchos y severos controles policiales que, o no fueron muchos, o no fueron tan severos.

El casamiento de William y Kate también se celebró en Westminster

 

Total, que los dos pedazos de la Piedra del Destino volvieron a juntarse, la piedra fue reparada y todo se quedó en Escocia. No fue un golpe muy popular. Hoy suena como una aventura exitosa de unos muchachos alocados y un poco alucinados. Sin un fuerte apoyo en Escocia, con la policía mordiéndole los talones, conscientes a su pesar de la distancia que separa la realidad de los sueños, los ladronzuelos abandonaron la piedra en la Abadía benedictina, y escocesa, de Arbroath. La piedra volvió a Westminster e Isabel II juró sobre ella, sentada en la Silla de la Coronación, como estaba mandado.

Lo que no pudieron los ladrones, lo pudo la política. Escocia exigió devuélvannos la piedra y, en 1996, el Partido Conservador decidió devolverla, con la esperanza de ganarse los votos de los escoceses. Pasó lo previsible. La Piedra del Destino regresó a Escocia y los conservadores perdieron las elecciones: las ganó el laborista Tony Blair.

La piedra descansa ahora en el castillo de Edimburgo, junto a otras joyas del tesoro escocés y será “prestada” a Westminster para la coronación de Carlos III, si es que las tradiciones se respetan. Será una contribución escocesa al férreo protocolo real, pero ya no un símbolo de su sometimiento.

A veces, el tiempo no pasa en vano.

 

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